NO CAERÁ ESA BREVA

Por José Bada

Hablemos del agua, si os parece, que es el tema de la Expo, del año que comienza, de la década incluso. ¿No hay en Zaragoza una Oficina de N.U. para la Década del Agua?. Pues eso.  Pero  si hablamos del agua, ¿por qué no de la sed? Y si hablamos de la sed, habrá que hablar  aquí de los Monegros. Y entonces ¿cómo evitar el tema de Gran  Scala, de eso, de lo que se habla hoy en todas partes: en Castejón, en Bujaraloz, en Valfarta,  y hasta en Barcelona, de donde acabo de venir  y donde todos te preguntan por eso, por la cosa, si saben que eres aragonés y  de donde llegas.

En Barcelona  me  preguntó un catalán de Gironella, que había estado en Las Vegas, donde – me dijo- hay máquinas tragaperras hasta en los servicios. Y allí informe de lo que sé, muy poco, a un amigo de Castejón de Monegros: a Jesús Vived para satisfacer lo mucho que quería saber.  Y como él  es músico y cura, organista y monegrino, al hablar del agua y de la sed hablamos de los Monegros, de las antífonas de María de la O,  de la Expectación del Parto y de  la Virgen de la Sabina  (en Farlete), de la sequía, del vacío y del “vacivo” -el ganado de carne, que no cría-  del fruto de la tierra y del fruto del vientre, de la fertilidad, del silencio, del gregoriano y  de otras músicas celestiales. Y quedó en el aire esta pregunta allá en una cafetería no lejos de la Plaza de España: ¿Es posible organizar un recital  de gregoriano con todos esos motivos litúrgicos sobre el agua, la sed y la fertilidad  en algún lugar de los Monegros? ¿No habrá un alcalde, un cura quizás, el pabellón del Vaticano acaso y por qué no alguna institución o   funcionario de la cultura que coja  la pregunta al vuelo? Confieso que al poner los pies en tierra, en esta tierra dura y seca de Aragón comprendí  que una pregunta como esa se quede volando por otras regiones más templadas.

A poco que uno se fije, lea o escuche los comentarios que se hacen en Aragón sobre Gran Scala,  convendrá conmigo que la gran mayoría de los que opinan se dividen en dos mitades: los “cenizos” a un lado y los optimistas al otro. Aquellos dicen: “¡No caerá esa breva!”  Y éstos responden: “¡Ya están aquí  los aguafiestas  de siempre!”  No obstante unos y otros están de acuerdo en que la cosa  es una breva.  Y así sucede que unos y otros están en la higuera, enfrascados en un debate sobre la posibilidad o no de que les caiga esa breva. ¿No es eso precisamente lo que querían los promotores de Gran Scala?

Los problemas culturales, ecológicos y  morales  no entran directamente en el tema, son inconvenientes, no vienen a cuento y si los hubiere ya se resolverán sobre la marcha imparable hacia la meta que es  la que manda;  es decir, mandan los que lo tienen claro y saben -ellos sabrán-  por qué se empeñan en tal  proyecto. La decisión tomada y  el modo como se ha tomado contaminan el clima  del debate, el medio ambiente o contexto cultural y social para debatirlo a fondo. El estado de la cuestión viene definido en los términos que interesa a los promotores, el contexto de la discusión viene dado,  tramado  sigilosamente por los que tienen prisa y quieren  que los ciudadanos aplaudan. Pero sea lo que fuere después de todo: boda o funeral, una breva o un ladrillo, los ciudadanos llegan a misas dichas. No obstante, parece que los promotores ya tienen de entrada un buen proyecto. Si no se realiza no será porque no lo intenten.  Y si lo intentan puede que muchos vivan de ilusión y otros, menos ilusos, puede que vivan de algo mucho más tangible aunque no se realice.

Lo que contamina el ambiente social y cultural  son los prejuicios, engendro de los intereses particulares que mueven la voluntad, el deseo,  y nublan la mente y la opinión pública.  Los prejuicios no se piensan, es lo que se da por pensado porque se da por querido. O  no se piensan por segunda vez  y esta vez con otros, en público, y no se les somete a un juez imparcial no sea que se pierda el juicio; es decir, el prejuicio y algo más.  Los prejuicios anidan en la cabeza, pero nacen en el corazón y los engendra  el  interés particular y la ambición a corto plazo. Los prejuicios son también como la boira que sale y se nos echa encima, que se pega a la tierra y nos envuelve, que tapa  la luz del sol y no nos deja ver más allá de lo que alcanza la mano.

Fuente: El Periódico de Aragón 

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