Credibilidad

Por Jaime Armengol

Los socios del Pignatelli han mostrado poca capacidad de reacción en el asunto Gran Scala y en la polémica del trasvase.

La DGA lleva una semana de órdago. Los motivos de la fuerte tensión en el Pignatelli radican en los escándalos de Gran Scala, derivados de la mínima solvencia de algunos de sus socios, y en el trasvase a Barcelona, auspiciado por Rodríguez Zapatero sin que ni Marcelino Iglesias ni José Ángel Biel se olieran la tostada. Tras meses de abulia por exceso de confianza ante una oposición deprimida y con un tejido social adocenado, la coalición PSOE-PAR ha advertido de repente que su poder y su credibilidad presentaban serias fugas. Así, han tenido que hacer frente con resultados bastante pobres a dos problemas de los que ya no se resuelven por mera putrefacción y en los que la ciudadanía necesita explicaciones nítidas e inmediatas.

En el asunto del trasvase, ha resultado incomprensible el tiempo que se ha tomado Iglesias para reaccionar al acuerdo bilateral Espinosa-Montilla. Cuando el jueves se hizo pública la decisión de estirar el minitrasvase, al presidente solo le quedaba una salida, además de encargar los pertinentes informes jurídicos para actuar de acuerdo con el Estatuto de Autonomía: explicarse con nitidez. Desde el principio se vio que el PSOE aragonés debería plegarse a una decisión incómoda e incoherente con su programa y encontrar en el carácter reversible, temporal y urgente de la obra para abastecimiento de boca a Barcelona un hueco por el que respirar. ¿Tan difícil le hubiera resultado templar los ánimos afirmando desde el principio, como hicieron por cierto otros líderes socialistas como Javier Lambán, que Aragón no puede oponerse a que millones de catalanes amenazados con restricciones puedan beber este verano?

Las diferencias entre el macrotrasvase especulativo del PHN y el trasvase de urgencia para agua de boca a una ciudad son claras. El primero era una herramienta meramente desarrollista, además de una aberración faraónica, y el otro una solución de emergencia con fecha de caducidad y que no genera derechos. Señalar esta distancia con claridad y con valentía hubiera sido desde el primer día una óptima salida política para Iglesias. Pero el presidente, mal asesorado, prefirió enrocarse en la petición de informes jurídicos y arroparse con vericuetos semánticos, perdiendo unas horas vitales para su propia credibilidad.

El caso de Gran Scala es casi de chiste. Ante una espléndida serie informativa sobre la verdadera solvencia y la pretendida credibilidad de una sociedad que se ha comprometido a generar inversiones por 17.000 millones en Aragón, todo lo que ha acertado a afirmar el vicepresidente del Gobierno es que no tiene nada que decir y que es un becerrico difícil de torear. Ninguna de las informaciones publicadas hasta ahora ha sido desmentida, ni siquiera corregida. Los aludidos anuncian demandas por lo bajini, pero aquí no ha llegado ni un papel.

Así, solo cabe pensar que a José Ángel Biel le da absolutamente igual que la sociedad que ostentaba el 28% del capital de ILD a la firma del protocolo DGA-Gran Scala saliera huyendo de una experiencia anterior con un casino virtual que acabó con impagados por 350.000 euros en España y con pufos en otros países como Bolivia. O que mira para otro lado cuando se entera de que los socios españoles del consorcio han intentado colocar en el mercado internacional un motor mágico de escaso consumo y menor credibilidad vinculando al Gobierno de Aragón. Pero no solo Biel ha intentado que el ciudadano comulgue con ruedas de molino. Por si fuera poco, el propio presidente Iglesias ha llegado a afirmar que Gran Scala es solo una idea, y no un proyecto. ¿Desde cuándo las ideas se presentan con 700 invitados en la sala de la Corona y comprometen al ejecutivo al cumplimiento de una serie de obligaciones inversoras con la firma de un protocolo generoso e inaudito? Ahora solo faltaría que a la DGA se le ocurriera expropiar los suelos para salvar in extremis una operación que cada día que pasa parece más irrecuperable.
EN AMBOS CASOS, con la polémica del agua y con Gran Scala, Iglesias y Biel han mostrado un preocupante aturdimiento o una total falta de valentía. El primero debería haber dicho desde el principio, sin subterfugios, que este trasvase no es como el de Aznar. Y asumir el chaparrón que le vendría de una oposición ansiosa de revancha hidráulica. En cuanto a Biel, ya parece claro a estas alturas que debería cortar por lo sano los excesos con Gran Scala y asumir las responsabilidades que corresponda ante un asunto con perfiles novelescos pero que cada día hace menos gracia.

La concurrencia de los dos asuntos ha generado, en cambio, una reacción de cierre de filas entre dos socios de conveniencia que acabará pasando factura al menos a uno de ellos. Pero hay alguna diferencia notable. Mientras en el caso del trasvase, existen posibles interpretaciones por su carácter reversible y temporal en cuanto al affaire Gran Scala, los datos son irrefutables. En uno y otro tema, el más perjudicado puede ser el PAR, partido fundado al calor de anteriores ansias trasvasistas del Gobierno central y que ha sido el más directamente implicado en la promoción de la neociudad de ocio de juego. Haría bien José Ángel Biel, una vez superada esta semana fantástica, en pensar un poco en ello, aunque se crea inmunizado tras 30 años en primera línea. Consta que entre una parte de la militancia aragonesista cunde el desánimo ante la realidad de un partido que parece más programado para el pesebre y la gestión de las ilusiones que para las ideas.
jarmengol@aragon.elperiodico.com

Fuente: El Periódico de Aragón

 

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