Hablemos de otra escala de valores

Por José Bada

Entretener al personal o tenerlo ocupado con la “industria del ocio” no es un objetivo del Estado de bienestar. A no ser que se confunda la creación con el trabajo y la sociedad con un parque temático.

Aunque ahora no sea más que una “idea”, nube que amaga y barrella que se lleva el cierzo sin arraigar en los Monegros –ni siquiera en La Almolda al amparo de Santa Quiteria, bendita sea– es posible que alguien piense todavía que ha valido la pena poner Aragón en el mapa. Vale. Es decir, no vale.

No vale, y tenemos que hablar, digo yo, porque los aragoneses ya somos famosos para nuestra vergüenza. No vale, porque la cosa es una mala cosa que si no ha ido a más se debe sólo a la torpeza de quienes lo intentaron. No vale, porque no es una breva aunque muchos lo hayan creído. No vale, y habrá que hablar porque caiga o no caiga –que no caerá– algo tendrá que decir al menos el “especialista”, y ese que hace “un gran esfuerzo para no decir nada” ahora. Ese que dijo, no obstante, que “el proyecto sale o no sale, y si sale, ¿dónde está el problema?”. Como si no supiéramos ya que el problema está en la breva, que no es tal, en los que están en la higuera todavía y en los que la agitaron para aprovecharse de los ilusos. Porque de ilusión también se vive, como dicen con razón los ilusionistas. Y no vale, es decir, tenemos que hablar porque Gran Scala después de todo da que pensar. Y aunque eso sea todo lo que da de sí, por ventura, no es el caso de perder la ocasión de pensar donde se ha pensado tan poco. La estrategia del somarda: callar y esperar que escampe, no vale, y echar tierra encima después de ensuciarse tampoco.

Todos nos equivocamos. Hasta los buenos políticos se equivocan y los ciudadanos también, y los periodistas, unos más y otros menos. Pero los malos políticos se permiten el lujo de no aprender de sus errores, los ocultan y prefieren ignorarlos. Por eso hay que ayudar a los que gobiernan y corregirles si es preciso, pensando en su bien y en el nuestro. Ese ha sido siempre el oficio de la oposición, aunque busque en la crítica su beneficio. Y ese es el deber de los ciudadanos en general y de los “intelectuales”, en particular, aunque haya vacas sagradas que no dicen ni mu cuando es el caso y mugen cuando no toca.
SI SACAMOSde la torpeza una lección, del engaño un desengaño, del escándalo un debate y de todo lo que ha pasado una verdadera experiencia, aún podemos hacer bueno en esta tierra el refrán de que no hay mal que por bien no venga. Puede que avancemos en eso que llaman democracia deliberativa y comencemos, incluso, a levantar aquí otra escala de valores. Con más moral, con más coraje, poniendo la esperanza a trabajar, sin prisas pero sin pausa, sin ostentación y despilfarros, sin alharacas, de manera sostenida y sostenible, en silencio, como crece el trigo en los Monegros cuando llueve. Y con aspiraciones más altas para un pueblo que se deprime como el Ebro en estiaje, pero es capaz de crecer y crecerse ante las dificultades.

Lo primero para levantar esa otra escala es distinguir entre valor y precio, que es lo que siempre confunde el necio como advirtiera Machado. Sin esa distinción todas las escaleras son ambiguas y quienes las frecuentan también. Parecida es la confusión del ocio con el negocio como es el caso de Gran Scala. Y no menos funesta la confusión entre una enseñanza de pago y una buena educación, que es impagable. Porque educar es siempre educar en valores morales, desde la responsabilidad y para la responsabilidad. No es solo enseñar y, menos, escolarizar. Ni es adiestrar para hacer carrera, subir al podio, sentarse en el escaño, en el sillón o simplemente ocupar un puesto de trabajo. Se educa para vivir y para ser, no para tener y consumir. El camino hacia la auténtica distinción –la verdadera excelencia– no pasa necesariamente por el mercado y, si pasa, no se detiene.
TAMBIÉNla política si bien se entiende es pedagogía bien entendida: ésta educa a los niños para que sean personas adultas, y aquella trata como tales a los ciudadanos. La demagogia en cambio los maneja como si fueran niños o porque lo son a pesar de haber ido a la escuela, pues no todas educan y algunas ni siquiera enseñan.

Entretener al personal o tenerlo ocupado con la “industria del ocio” no es un objetivo del Estado de bienestar. A no ser que se confunda la creación con el trabajo, el trabajo con el consumo, el Estado con el Mercado, la sociedad con un parque temático y el tiempo libre con el tiempo ocupado; es decir, administrado por funcionarios y expertos en entretenimiento. Y se convierta la democracia, ¡qué guay!, en eso que llaman “unagranexperiencia-quéfuerte- notelopierdas”.

Fuente: El Periódico de Aragón

 

 

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