El Independiente – Gran Scala en la hoguera de las sandeces

Por José Luis Trasobares

Tres años han pasado desde que el Heraldo nos anunciara en rigurosa exclusiva el advenimiento de Gran Scala, y ahora, para celebrar el aniversario, nos alegra el día anunciando (¡oh sorpresa!) que los promotores del invento están tiesos (o sea, igual de tiesos que siempre) y no tienen el cuerpo para magdalenas. Viniendo tal noticia de un medio que en este tema ha jugado de portavoz oficioso, debemos dar por sentado que don Iglesias doña Almunia e incluso don Biel (por más que diga) dan la partida por acabada. Confían en que el fiasco (tantas veces anunciado por un servidor de ustedes) pueda ser amortizado sin mayor desgaste político.
Usan un argumento bien simple: a la postre, la fantasmagórica neociudad de los casinos apenas nos ha costado dinero. Lo cual está puesto en razón. Gran Scala ha sido un divertimento barato. Sobre todo si lo comparamos con otras gracias y desgracias como Motorland, el Fleta, la segunda estación del AVE en Zaragoza, el aeropuerto de Huesca, el aeródromo de Caudé, el Espacio Goya, el Pabellón-Puente, la Torre del Agua y otras fruslerías supermillonarias (cuyo mantenimiento nos sale además por un huevo y la yema del otro). Por suerte (y porque aquí unos cuantos advertimos de qué clase de personajes eran los mendas de International Leisures Development) el Gobierno aragonés se tentó la ropa, no regaló el suelo a los promotores del Nuevo Las Vegas ni les metió pasta a través de aquel motor milagroso, que si no…

Con Gran Scala los jefes de Aragón sólo han hecho el ridículo y la sociedad aragonesa sólo ha demostrado su asombrosa capacidad para comulgar con ruedas de molino. Desde luego, a quienes desde el primer momento nos carcajeamos de un proyecto sin pies ni cabeza ni financiación ni nada estos tres años de pura sandez sólo nos han deparado asombro y carcajadas (salvo cuando el bestia de Cambell asesinó a su pobre mujer, claro), así como la certeza de que en la Tierra Noble abundan los incautos, los listillos y los oficiosos. Lo más genial fue cuando quienes se estaban tragando a palo seco las milongas de ILD empezaron a llamarnos boinasroscas a los que estábamos al cabo de la calle. Hay que ser cazurro.

Publicado en El Periódico de Aragón


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