LA OPINIÓN DE JAIME ARMENGOL Gran Scala: el ¿proyecto?

Por Jaime Armengol, publicado en El Periódico de Aragón

No es admisible que, en un ciclo de bonanza, la DGA fuera capaz de comprar una idea que, rodando, rodando por los despachos, cayó en manos de un consejero enamoradizo.

En el desgraciado affaire Gran Scala, el tiempo ha dejado a cada uno en su sitio. Al ¿proyecto? de ocio y de juego de los Monegros, que ha pasado ya de zombi a mero espectro, no le faltan ahora enterradores aunque no los necesite porque haya muerto solo. Atrapado en sus propias miserias, en sus limitaciones y en la ensoñación de quienes en su día quisieron ver vida y esperanza donde apenas había maquinación y espejismos, el funeral de semejante engendro era solo cuestión de plazos. A una minoría, la inverosimilitud de las cifras manejadas, la opacidad del sector del juego y la falta de garantías de los pretendidos inversores nos provocó dudas desde el principio acerca de una historia entre imposible y fascinante.

Ocurrió también en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, donde llevamos a cabo una profunda investigación que culminó en abril del 2008 con la publicación de una contundente serie informativa acerca del asunto, apenas cuatro meses después de su presentación oficial y cuando abjurar de Gran Scala era pecado capital. Las incógnitas se convirtieron en denuncias públicas cuando descubrimos y contamos el azaroso pasado de los promotores nacionales e internacionales que se refugiaban en paraísos fiscales bajo las siglas ILD, así como las veleidades de la DGA con tan infames invitados. La respuesta fue colgarnos el sambenito de cenizos, con el que se menosprecia a la disidencia informada, y asegurar en público que se ignoraría cualquier circunstancia que pusiera en riesgo la buena marcha del ¿proyecto? lúdico.

 

QUEDÓ ACREDITADO ya entonces que no eran gigantes lo que traía el ¿consorcio internacional?, sino molinos, pero cualquiera tosía en el año mágico del 2008 ante los mandamases. Aragón crecía al 4,7%, Zaragoza iba a inaugurar una Exposición Internacional de ensueño con la presencia de más de cien países invitados y nadie imaginaba que la crisis financiera estresaría el sistema hasta colocarlo al borde del colapso, que es donde nos encontramos. Lejos de rectificar, el apoyo político decidido, tanto de PSOE y PAR en el Gobierno como del PP en la oposición, se incrementó: se buscaron terrenos, y se encontraron en un pueblo en manos de los populares; se preparó una ley a la carta para garantizar un auténtico puerto franco en los Monegros; y hasta se aceptó el burdo chantaje de los promotores, que llegaron a poner en tela de juicio la ¿inversión? con el argumento de que no percibían suficiente determinación pública.

Las opciones de compra de los terrenos tras la selección de unas fincas en Ontiñena (Huesca) parecían marcar un último empuje a un proyecto que entonces ya deambulaba entre los sucesos protagonizados por alguno de sus mentores, pero el final de la historia estaba escrito al principio por la insolvencia técnica, profesional y económica de los promotores y un gobierno indolente a cualquier crítica o mera advertencia….

Hoy, cuando los obnubilados con el ¿proyecto? y sus entregados corifeos se erigen en sumos sacerdotes y entonan responsos por el descanso eterno de Gran Scala, conviene decirles alto y claro que no tienen ninguna vela en este entierro. No pueden tenerla quienes al calor del magnífico negocio se arrancaban con jotas de picadillo, a ver quien la decía más alta, más clara o más gorda… Suelo renunciar al autobombo en este espacio, pero es de justicia recordar que fuimos nosotros, y poco más, los únicos que hablamos con claridad sobre los socios de Gran Scala, analizándolos profesionalmente, desde su reputación hasta su verdadero nivel de solvencia, poniendo en duda que aquello que se presentó como la salvación del Aragón irredento no pasaba del engaño y el voluntarismo, más o menos consciente.

 

NO HAY QUE regodearse en aciertos o errores del pasado. Solo que el asunto de Gran Scala debe servir de enseñanza a futuro para Aragón. El ¿proyecto? nos ha mostrado cómo no se deben hacer las cosas y dónde están los límites de un gobierno entregado a su éxito. También nos dio una lección sobre la conveniencia de escuchar todas las voces y de atender señales que, por evidentes, pasan desapercibidas. Y, sobre todo, puso de manifiesto la necesidad que tiene Aragón de marcar unas líneas estratégicas claras para marcar su futuro. Además de prestar eficientemente los servicios públicos y de legislar sobre las materias y competencias transferidas, el Gobierno aragonés y el conjunto de partidos representados en las instituciones tienen la obligación de señalar las coordenadas de futuro para Aragón.

No es ni deseable ni admisible que, en un ciclo de bonanza, la comunidad sea capaz de comprar cualquier proyecto que, rodando, rodando por los despachos, y venido de manos de algún conseguidor o de un ilusionista, caiga en manos de un consejero enamoradizo. Aunque hayamos pasado del intento de diversificar la economía a la urgencia de, simplemente, defenderla, todos los partidos, así como los agentes sociales y económicos, han de marcar esas pautas; y también los límites. La comunidad tiene una importante renta de situación y una capacidad innata de terrenos y recursos naturales disponibles que no puede dejar al pairo de la ocurrencia de algún despabilado que venga mañana. Solo por eso, y no para relatar una lista de méritos sobre un ¿proyecto? que nunca debió ser, merece la pena recordar el fiasco de Gran Scala y oficiar su funeral. Que nos dejen al menos hacerlo a quienes descubrimos que se trataba de una quimera y podemos decirlo hoy con la misma libertad que en su día lo sospechamos y pudimos demostrarlo.

 


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